"Redescubriendo al cuento"
En el contexto de los textos que pueden agruparse dentro del tipo narrativos, en este nuevo bloque que se abordó con la materia, es que siento que descubrí realmente qué es un cuento. Esto no va en desmedro ni de mi infancia ni de mis padres ni de mi educación, ya que ése es tal vez el concepto erróneo que tenía de cuento; lo que experimentamos cuando niños, o simplemente producciones ficcionales a las cuales uno puede ser aficionado. Sin embargo, al encontrarme con rarezas como las de Salinger, con la posibilidad de abordar temas desde un lugar impensado antes por mí, o la realeza y la crudeza de lo expresado por el mismísimo Rodolfo Walsh, es que entendí qué posibilidad da el cuento, por su esencia narrativa.
Es habitual en el lector intentar pensar o imaginarse la relación existente entre el autor y lo escrito, su producción, lo narrado, para saber si nace a partir de la praxis (es decir, de situaciones anteriormente vividas por ellos), una toma de postura, la transmisión de situaciones o sucesos anteriores, o simplemente la descripción de algo concreto que ha acontecido. En referencia a esto, Walter Benjamín se refiere bien en su texto “El narrador”, donde sostiene que “podemos ir más lejos y preguntamos si la relación del narrador con su,material, la vida humana, no es de por sí una relación artesanal. Si sutarea no consiste, precisamente, en elaborar las materias primas de laexperiencia, la propia y la ajena, de forma sólida, útil y única. Se trata deuna elaboración de la cual el proverbio ofrece una primera noción, en lamedida en que lo entendamos como ideograma de una narración. Podríadecirse que los proverbios son ruinas que están en el lugar de viejashistorias, y donde, como la hiedra en la muralla, una moraleja trepa sobreun gesto". De esa naturaleza de texto, de esa lógica discursiva de la narración es que surge el género cuento, y que hace posible que tenga un sinnúmero de facultades que lo hacen tan atractivo.
Si bien a partir de esto pude contemplar con mayor amplitud a este tipo de textos, ratifiqué que si hay algo distinto en el cuento respecto de otros géneros es lo ficcional del mismo; es decir, la capacidad de poder abstraerse de la realidad y desarrollar historias o cuestiones que otras producciones no nos dan la posibilidad. La idea de dar "pase libre a la imaginación" es tan estimulante como heterogéneo y complejo su resultado.
"Cada vez que comienza, uno olvida que el cuento, si su existencia está justificada, lleve en sí ya su forma perfecta y que sólo hay que esperar a que se vislumbre alguna vez en ese comienzo indeciso, su invisible pero tal vez inevitable final". Esto nos expresa Piglia en su “nueva tesis sobre el cuento”, y resume bastante el espíritu del mismo o más bien el estado del autor a la hora de encarar su escritura. Es como soltar algo y que se eche a andar por sí sólo, aunque sabemos que en algún momento, debe caerse; lo que nos atrapa, está en el cómo se cae, es decir, en ese final.
Esto es algo que Piglia da a entender en su texto “Nueva Tesis sobre el cuento”; si un cuento termina mal, probablemente, (como le pareció a la tía de Flannery O`connor) carezca de atracción. Es que "los finales son formas de hallarle sentido a la experiencia".
Sin embargo, los matices recorridos durante todo el transcurso de la producción, considero yo que son los verdaderos productos o reflejos de la capacidad de imaginación y de escritura de un autor. Es decir, lo que el final determina, es probablemente más el tipo de lector (por su reacción) que el tipo de autor, mientras que el desarrollo viceversa. Esto parte de la subjetividad de las interpretaciones que cada uno le dé, y principalmente, qué es lo que cada uno busca a la hora de leer un cuento. Lo que para el autor es el cierre perfecto o tal vez lógico para su historia, es algo para determinado lector no constituye más que una simple desilusión. Se podría decir que un alto porcentaje de los lectores serían entonces "resultadistas", por así decirlo. La excelencia está en el equilibrio entre ambas lecturas.
Lo que a mí me interesa, por ejemplo, es ir entendiendo todos los procesos que se dan en el desarrollo, porque "una historia se puede contar de manera distinta, pero siempre hay un doble movimiento, algo incomprensible que sucede y está oculto". Ese lado oculto, si lo buscamos, nos dará probablemente, la llave para entender el desenlace. Sino probablemente, nos quedaremos entreverados entre historias, que tanto atraen, porque tanto nos confunden...
Ese matiz distinto, ese “lado oculto” al cual Piglia refiere, no es algo aleatorio y casual en el desarrollo de una producción de este tipo. El cuento tiene entre sus herramientas o facultades la posibilidad de estar manejando dos historias a la vez, y de la misma forma además, poder hacer surgir a la segunda de ellas en el momento que el autor considere más propicio en pos de clarificar la historia, o justamente, colaborar con el desenlace, como lo que antes se hacía referencia. A esto se refiere claramente en su “tesis sobre el cuento”este autor que sostiene que “el cuento es un relato que encierra un relato secreto”, y que “trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas”. Sin embargo, esas dos realidades, en principio opuestas, entran en un juego donde se van conjugando el avance en la trama principal, y a la vez un lento y paulatino reflote de una esencia que de modo subyugante se va develando para salir a la superficie del relato, y sumar así para el desenlace final, el cual va a estar dado por una suma de estas dos situaciones; una dada en primera instancia, y otra que el autor maneja según su criterio para el desarrollo de la narración. Como bien expresa Piglia, “El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”.
Esta es justamente otra de las “ventajas comparativas” que puede tener el cuento respecto de otros tipos de textos, ya que en definitiva el hecho de ocultar circunstancialmente información al lector, (siendo bien usado), es un recurso que en este caso enriquece a las características generales del mismo, y no es visto como una herramienta o alternativa “fácil” como si podría ser considerado en otro tipo de producción literaria.
La clave para poder disfrutar de la lectura de este género es el “escape”, el meterse en una historia, el lograr pensar en nada, y de esa forma, pensar en todo. Al menos, eso siempre espero al leer una historia bien narrada, y propuesta con un sentido, con una intención, por más que sea mínimamente, transmitir una realidad tan pequeña, como su extensión lo sea.
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lunes, 16 de junio de 2008
Texto narrativo a partir de consigna de imágen onírica
Manos rojas en el mustang de entresueños
Era un Munstang. No se bien que año, no se bien que modelo, sólo se que mi huida era sobre un mustang negro, algo castigado por la tierra y el polvo, con palanca al volante, y un rugir furioso de esa joya mecánica que lleva ese auto debajo del capot. Era un clásico, de los de cola larga, bien coupé, muy americano.
Mis manos, que sostenían el volante como intentando domar a esa bestia, estaban bañadas en sangre. Un momento, esa sangre no es mía, yo me siento bien. El espejo retrovisor me devuelve una imagen de una cara pálida, aterrada, con la clara expresión de que “algo pasó; algo hice”. La memoria, como es habitual en mí, no ayuda a reconstruir nada de los hechos; sin embargo, solo sé que tengo que acelerar y escapar. ¿De qué? No se, pero escapar. Los espejos laterales no devuelven autos detrás de mí, ni civiles ni policiales. Eso es bueno; eso, ¿es bueno? El sonido ambiente no es mas que el constante rugir del motor, esforzándose por rodar lo más rápido sobre esa carretera.
Bueno, entonces tengo tiempo de pensar: ¿qué pasó? ¿De qué me escapo? ¿Hacia dónde voy? ¿De dónde salió este Mustang negro? Un momento… ¡¿quién soy?!
En ese momento indefectiblemente me despertaba sobresaltado, transpirado y con un desconcierto tal que lo primero que hacía era mirarme las manos, y ver a mi alrededor… la barrera de lo conciente subía y bajaba incesantemente, junto con mis pulsaciones. No era la primera vez que tenía este sueño, y cada una de ellas me despertaba de la misma forma. Una vez superado el momento, decidí no darle mas importancia de lo que realmente se lo merecía el suceso: simplemente un sueño.
Continué con mi vida normal ese día, como cualquier otro, y al igual que las veces anteriores que durante la noche me encontré con esa extraña imagen en sueños. Era verano, no había escuela y el trabajo no existía, ni siquiera estaba en planes. Todo era sólo diversión, distracción, y creatividad para buscar la actividad más recreadora para gastar el tiempo. Y en ese contexto surgió la posibilidad de ir a la quinta de un amigo en las afueras de la ciudad, para simplemente bañarnos en la pileta, jugar al fútbol, y mirar películas; nada más tentador para un verano.
Luego de hacer las compras correspondientes, encaramos el camino que comenzaba subiendo a la autopista y luego recorriendo la ruta que desembocaba a la zona de casas quintas donde se encontraba nuestro destino. Llegamos algo tarde, así que nos instalamos, preparamos algo de comida, y luego sólo restó dormir.
Al día siguiente, el mediodía nos esperaba con el tan mentado y ansiado asado que habíamos estipulado de antemano. Como parte del ritual, era más que lógico también diagramar la introductoria y conocida “picada”, compuesta de fiambres varios y otras variedades de copetín. Comenzamos con la preparatoria y la estratégica diagramación de los ingredientes y la estricta preparación de los mismos; una instancia crucial la constituía el rebanar el salame picado fino; yo preferí no hacerlo, debido a mi escasa habilidad para hacer que queden rodajas finas. Alguien tomó el cuchillo, y comenzó a hacerlo, con el espíritu y la mirada de decir: “ves tarado, es así..”, y cuando menos parecía, por estar mirando hacia otro lado como parte de esa actitud sobradora, se escucha un grito desgarrador y un intenso insulto; instantáneamente, el embutido se cubrió de rojo. Era la sangre de ese dedo que estaba rebanado tan rigurosamente como el salame; la primer falange había desaparecido, y había sido cortada con la misma precisión. La hemorragia no se detenía, a pesar de la presión que estaba haciendo yo mismo sobre la herida. Trapos y repasadores no hacían mas que teñirse ante el increíble sangrado; la situación se había ido de nuestras manos, paradójicamente. Fue ahí cuando decidimos llamar a la ambulancia; bueno, eso quisimos, ya que no existía señal para nuestros teléfonos celulares… En un instante alguien se dio cuenta que cerca existía una sala de primeros auxilios, por lo que para no perder tiempo, me subí al auto para ir a buscar ayuda; la expresión era cada vez más pálida, y la pérdida de sangre increíble. A toda velocidad, salí en busca de los médicos, y ahí repentinamente tuve una intensa sensación de deja vù. Claro: “Mis manos, que sostenían el volante como intentando domar a esa bestia, estaban bañadas en sangre. Un momento, esa sangre no es mía, yo me siento bien. El espejo retrovisor me devuelve una imagen de una cara pálida, aterrada, con la clara expresión de que “algo pasó; algo hice”. No era un mustang, era un falcon también negro, pero era exactamente mi sueño… fue allí cuando la barrera divisora de conciencia e inconciencia nuevamente se volvió confusa. Sin embargo, cerró un círculo. Extrañamente, como presagio, en algún punto sabía que eso iba a suceder. A partir de allí conduje mucho más tranquilo; yo no hice nada, y lo que andaba mal, tenía arreglo. Tal es así que una vez que conseguí ayuda, la hemorragia paró, y luego se pudo reconstruir el dedo accidentado. Y yo, nunca jamás volví a tener ese sueño, que tan recurrentemente venía a mi durante la noche…
Era un Munstang. No se bien que año, no se bien que modelo, sólo se que mi huida era sobre un mustang negro, algo castigado por la tierra y el polvo, con palanca al volante, y un rugir furioso de esa joya mecánica que lleva ese auto debajo del capot. Era un clásico, de los de cola larga, bien coupé, muy americano.
Mis manos, que sostenían el volante como intentando domar a esa bestia, estaban bañadas en sangre. Un momento, esa sangre no es mía, yo me siento bien. El espejo retrovisor me devuelve una imagen de una cara pálida, aterrada, con la clara expresión de que “algo pasó; algo hice”. La memoria, como es habitual en mí, no ayuda a reconstruir nada de los hechos; sin embargo, solo sé que tengo que acelerar y escapar. ¿De qué? No se, pero escapar. Los espejos laterales no devuelven autos detrás de mí, ni civiles ni policiales. Eso es bueno; eso, ¿es bueno? El sonido ambiente no es mas que el constante rugir del motor, esforzándose por rodar lo más rápido sobre esa carretera.
Bueno, entonces tengo tiempo de pensar: ¿qué pasó? ¿De qué me escapo? ¿Hacia dónde voy? ¿De dónde salió este Mustang negro? Un momento… ¡¿quién soy?!
En ese momento indefectiblemente me despertaba sobresaltado, transpirado y con un desconcierto tal que lo primero que hacía era mirarme las manos, y ver a mi alrededor… la barrera de lo conciente subía y bajaba incesantemente, junto con mis pulsaciones. No era la primera vez que tenía este sueño, y cada una de ellas me despertaba de la misma forma. Una vez superado el momento, decidí no darle mas importancia de lo que realmente se lo merecía el suceso: simplemente un sueño.
Continué con mi vida normal ese día, como cualquier otro, y al igual que las veces anteriores que durante la noche me encontré con esa extraña imagen en sueños. Era verano, no había escuela y el trabajo no existía, ni siquiera estaba en planes. Todo era sólo diversión, distracción, y creatividad para buscar la actividad más recreadora para gastar el tiempo. Y en ese contexto surgió la posibilidad de ir a la quinta de un amigo en las afueras de la ciudad, para simplemente bañarnos en la pileta, jugar al fútbol, y mirar películas; nada más tentador para un verano.
Luego de hacer las compras correspondientes, encaramos el camino que comenzaba subiendo a la autopista y luego recorriendo la ruta que desembocaba a la zona de casas quintas donde se encontraba nuestro destino. Llegamos algo tarde, así que nos instalamos, preparamos algo de comida, y luego sólo restó dormir.
Al día siguiente, el mediodía nos esperaba con el tan mentado y ansiado asado que habíamos estipulado de antemano. Como parte del ritual, era más que lógico también diagramar la introductoria y conocida “picada”, compuesta de fiambres varios y otras variedades de copetín. Comenzamos con la preparatoria y la estratégica diagramación de los ingredientes y la estricta preparación de los mismos; una instancia crucial la constituía el rebanar el salame picado fino; yo preferí no hacerlo, debido a mi escasa habilidad para hacer que queden rodajas finas. Alguien tomó el cuchillo, y comenzó a hacerlo, con el espíritu y la mirada de decir: “ves tarado, es así..”, y cuando menos parecía, por estar mirando hacia otro lado como parte de esa actitud sobradora, se escucha un grito desgarrador y un intenso insulto; instantáneamente, el embutido se cubrió de rojo. Era la sangre de ese dedo que estaba rebanado tan rigurosamente como el salame; la primer falange había desaparecido, y había sido cortada con la misma precisión. La hemorragia no se detenía, a pesar de la presión que estaba haciendo yo mismo sobre la herida. Trapos y repasadores no hacían mas que teñirse ante el increíble sangrado; la situación se había ido de nuestras manos, paradójicamente. Fue ahí cuando decidimos llamar a la ambulancia; bueno, eso quisimos, ya que no existía señal para nuestros teléfonos celulares… En un instante alguien se dio cuenta que cerca existía una sala de primeros auxilios, por lo que para no perder tiempo, me subí al auto para ir a buscar ayuda; la expresión era cada vez más pálida, y la pérdida de sangre increíble. A toda velocidad, salí en busca de los médicos, y ahí repentinamente tuve una intensa sensación de deja vù. Claro: “Mis manos, que sostenían el volante como intentando domar a esa bestia, estaban bañadas en sangre. Un momento, esa sangre no es mía, yo me siento bien. El espejo retrovisor me devuelve una imagen de una cara pálida, aterrada, con la clara expresión de que “algo pasó; algo hice”. No era un mustang, era un falcon también negro, pero era exactamente mi sueño… fue allí cuando la barrera divisora de conciencia e inconciencia nuevamente se volvió confusa. Sin embargo, cerró un círculo. Extrañamente, como presagio, en algún punto sabía que eso iba a suceder. A partir de allí conduje mucho más tranquilo; yo no hice nada, y lo que andaba mal, tenía arreglo. Tal es así que una vez que conseguí ayuda, la hemorragia paró, y luego se pudo reconstruir el dedo accidentado. Y yo, nunca jamás volví a tener ese sueño, que tan recurrentemente venía a mi durante la noche…
Notas de lector cuentos de Carver
“¿Por qué no bailáis?”- Carver
Se nota en este pequeño, corto y conciso cuento de Carver una especie de “costumbrismo” por doquier en cada palabra. A cada línea es muy descriptivo y transmite eficazmente la imagen que quiere lograr, (tanto de los lugares como de los personajes), y de esta forma hacer que el lector se pueda sentir en ese cuarto penumbroso donde se da el encuentro entre los personajes principales. El alcohol aparece como el denominador común de escena tras escena, que finalmente no terminan llevando a nada que se pueda definir como un suceso o hito; es difícil definir en que punto podríamos situar el clímax del relato, ya que simplemente es una narración de pequeñas acciones marcadas por la cotidianeidad y, si se quiere, lo bizarro de ciertos personajes y situaciones
“De que hablamos cuando hablamos de amor”- Carver
Continuando con la esencia costumbrista del otro cuento, aquí es interesante el trabajo que se da torno a un concepto, a una idea, a un sentimiento en sí como lo es el amor. No es más que la descripción, en primera persona y con diálogos, de una simple “charla de café”, que deja entrever frases muy lúcidas, posibles posturas del autor, o simplemente reflexiones “en voz alta”. Sin embargo, deja la misma sensación que el otro cuento, simplemente como la de una “puesta en escena” pero sin desenlace alguno, dejando al lector, o al menos en mi caso, con un sin sabor de intrascendencia de lo leído, aunque bastante rico conceptualmente hablando.
“Una cosa más” - Carver
Otro cuento que comienza haciendo mención al alcohol o a la ebriedad de un personaje principal, dando la idea de la repetida esencia costumbrista que brota a cada letra. Básicamente es la imagen (bien y exhaustivamente descripta) de una pelea conyugal familiar (ya que va más allá de la marital) que probablemente se encuentre en muchas casas de familia en cualquier sitio. En cuanto a la estructura es casi un continuo diálogo interrumpido sólo por las pequeñas descripciones o introducciones en primera persona del narrador.
Sinceramente, luego de la lectura de los tres cuentos, siento no haber obtenido nada diferente, o nada enriquecedor más allá de un fastidio por no encontrar gran sentido a estas especies de “fotografías literarias de realidades particulares”, entre penumbras y personajes bizarros.
Se nota en este pequeño, corto y conciso cuento de Carver una especie de “costumbrismo” por doquier en cada palabra. A cada línea es muy descriptivo y transmite eficazmente la imagen que quiere lograr, (tanto de los lugares como de los personajes), y de esta forma hacer que el lector se pueda sentir en ese cuarto penumbroso donde se da el encuentro entre los personajes principales. El alcohol aparece como el denominador común de escena tras escena, que finalmente no terminan llevando a nada que se pueda definir como un suceso o hito; es difícil definir en que punto podríamos situar el clímax del relato, ya que simplemente es una narración de pequeñas acciones marcadas por la cotidianeidad y, si se quiere, lo bizarro de ciertos personajes y situaciones
“De que hablamos cuando hablamos de amor”- Carver
Continuando con la esencia costumbrista del otro cuento, aquí es interesante el trabajo que se da torno a un concepto, a una idea, a un sentimiento en sí como lo es el amor. No es más que la descripción, en primera persona y con diálogos, de una simple “charla de café”, que deja entrever frases muy lúcidas, posibles posturas del autor, o simplemente reflexiones “en voz alta”. Sin embargo, deja la misma sensación que el otro cuento, simplemente como la de una “puesta en escena” pero sin desenlace alguno, dejando al lector, o al menos en mi caso, con un sin sabor de intrascendencia de lo leído, aunque bastante rico conceptualmente hablando.
“Una cosa más” - Carver
Otro cuento que comienza haciendo mención al alcohol o a la ebriedad de un personaje principal, dando la idea de la repetida esencia costumbrista que brota a cada letra. Básicamente es la imagen (bien y exhaustivamente descripta) de una pelea conyugal familiar (ya que va más allá de la marital) que probablemente se encuentre en muchas casas de familia en cualquier sitio. En cuanto a la estructura es casi un continuo diálogo interrumpido sólo por las pequeñas descripciones o introducciones en primera persona del narrador.
Sinceramente, luego de la lectura de los tres cuentos, siento no haber obtenido nada diferente, o nada enriquecedor más allá de un fastidio por no encontrar gran sentido a estas especies de “fotografías literarias de realidades particulares”, entre penumbras y personajes bizarros.
Notas de lector cuentos de Salinger
“Un día perfecto para el pez plátano” - J.D. Salinger
Con este cuento de Salinger me sucedió algo extraño al leerlo. Durante toda la primer parte del texto, uno se la puede pasar especulando con que sucederá luego de esa charla telefónica, que le deparará la historia a esos tan entreverados personajes, cuál puede llegar a ser la reacción y cual ha sido el trauma de Seymur Glass, por el cual la madre de su pareja le teme tanto. Sin embargo, al dar vuelta la página 17 se puede creer, si no se lee con atención, que se ha cambiado de historia, que se está leyendo otro cuento. Esto es efectivamente lo que me sucedió a mí en la primer lectura, siendo que encontraba relación alguna entre un fragmento y el otro, lo cual me llevó a dudar inclusive de la confección de la fotocopia.
Sin embargo, en una segunda lectura se pueden empezar a atar ciertos cabos, a través de nombres, leyendo epígrafes y demás, como para comprender mejor así la historia. Sin embargo, sigue sin ser tarea sencilla poder conectar las realidades de una y otra. Se manejan más de una historia en paralelo dentro de la estructura de la narración, donde se comparte lugar físico, algún personaje y sólo situaciones que funcionarán a modo de “pistas”. Esos trozos de historia se unen luego de leer la nota producida por Sandra Russo.
Sin lugar a dudas, no es una texto para leer de forma rápida y pasajera, porque sino muy probablemente nos quedemos con el sinsentido de la primer visión, carente de coherencia a la hora de reconstruir la trama.
“El hombre que ríe” - J.D. Salinger
En este cuento se vuelve a dar la conjunción de una historia principal y una secundaria dentro de la misma narración. Luego de que uno se puede introducir y comprender las actividades de estos niños que se juntan y disfrutan las aventuras y desventuras de este “héroe comanche” y a practicar deportes, surge una figura femenina que viene a descompaginar un poco esa escena y darle otro camino, otra actitud a la figura del jefe, tal es así que termina alterando las mismas historias narradas de “el hombre que ríe”, motivo fundante por el cual estos niños se reunían.
Se mantiene esta estructura parecida, donde no se dan todos los datos al lector, donde uno debe inferir que es lo que sucede entre el jefe y la señorita Hudson, pero al mismo tiempo, gracias a la buena capacidad descriptiva, se puede ver claramente al grupo de niños en el autobús viejo, o la misma cara de su conductor, entendiéndose y compenetrándose en la historia desde la visión de uno de sus integrantes. El final, por cierto un tanto triste, resume hacia donde termina yendo la historia.
Con este cuento de Salinger me sucedió algo extraño al leerlo. Durante toda la primer parte del texto, uno se la puede pasar especulando con que sucederá luego de esa charla telefónica, que le deparará la historia a esos tan entreverados personajes, cuál puede llegar a ser la reacción y cual ha sido el trauma de Seymur Glass, por el cual la madre de su pareja le teme tanto. Sin embargo, al dar vuelta la página 17 se puede creer, si no se lee con atención, que se ha cambiado de historia, que se está leyendo otro cuento. Esto es efectivamente lo que me sucedió a mí en la primer lectura, siendo que encontraba relación alguna entre un fragmento y el otro, lo cual me llevó a dudar inclusive de la confección de la fotocopia.
Sin embargo, en una segunda lectura se pueden empezar a atar ciertos cabos, a través de nombres, leyendo epígrafes y demás, como para comprender mejor así la historia. Sin embargo, sigue sin ser tarea sencilla poder conectar las realidades de una y otra. Se manejan más de una historia en paralelo dentro de la estructura de la narración, donde se comparte lugar físico, algún personaje y sólo situaciones que funcionarán a modo de “pistas”. Esos trozos de historia se unen luego de leer la nota producida por Sandra Russo.
Sin lugar a dudas, no es una texto para leer de forma rápida y pasajera, porque sino muy probablemente nos quedemos con el sinsentido de la primer visión, carente de coherencia a la hora de reconstruir la trama.
“El hombre que ríe” - J.D. Salinger
En este cuento se vuelve a dar la conjunción de una historia principal y una secundaria dentro de la misma narración. Luego de que uno se puede introducir y comprender las actividades de estos niños que se juntan y disfrutan las aventuras y desventuras de este “héroe comanche” y a practicar deportes, surge una figura femenina que viene a descompaginar un poco esa escena y darle otro camino, otra actitud a la figura del jefe, tal es así que termina alterando las mismas historias narradas de “el hombre que ríe”, motivo fundante por el cual estos niños se reunían.
Se mantiene esta estructura parecida, donde no se dan todos los datos al lector, donde uno debe inferir que es lo que sucede entre el jefe y la señorita Hudson, pero al mismo tiempo, gracias a la buena capacidad descriptiva, se puede ver claramente al grupo de niños en el autobús viejo, o la misma cara de su conductor, entendiéndose y compenetrándose en la historia desde la visión de uno de sus integrantes. El final, por cierto un tanto triste, resume hacia donde termina yendo la historia.
Texto narrativo a partir de memoria de un espacio
"Visita especial a La casa"
Amplia, gigante, enorme, cada vez más grande se ve la casa. Sólo una luz direccionada estratégicamente al centro de un cuadro (imitación de un original) corta la densidad de la escasa iluminación provista por los últimos rayos de sol de la jornada. Pareciera que, a medida que uno se va alejando de esa sala central, se fueran prendiendo solas las luces, o que simplemente, la vida vuelve a la acción.
Los huecos de esos sillones permanecerán intactos mientras nosotros así lo deseemos, porque esos eran “los lugares”; reductos de tardes y tardes de compartir meriendas, charlas y sufrimientos. El olor se puede sentir a la distancia, a pesar de que no se pueda sentir en el lugar. Las acciones se pueden predecir con marcada anterioridad. La realidad es bastante monótona, y esa casa, es completa y absolutamente real.
Ella es dulce y severa, exigente y débil, considerada y ácida. Mantiene sus costumbres y su acento, pero cambia y potencia mañas y malas costumbres. Sin embargo, prefiere irse, por segunda vez, de lo que es su lugar, junto a los suyos.
Él es verborrágico y sentimental, tozudo y conciliador, poco formado y muy cultivado, fuerte en sus principios y muy “argentinizado”. No puede vivir sin ella; pelea, insulta, trabaja, atiende, etc., pero no puede estar sin su compañera. Cuando deja de encontrar sentido a estar aquí, termina eligiendo ir con ella.
Ese día que fui a buscar unos papeles ya no estaban. Era un día soleado, como esos de verano en los cuales pasaba todo el día en la casa y juntos nos quejábamos con el “qué calor” característico de la abuela. Fui a agarrar lo que necesitaba; supuestamente estaba arriba de la mesa del living, sin embargo, no era así. Me fijé por las dudas en la mesa ratona, la que nucleaba a los mencionados sillones con sus respectivos huecos, para corroborar que no haya entendido mal. Los papeles, seguían sin aparecer. Esa mesita fue sostén de no sólo de mis cansados pies luego de venir pedaleando en bicicleta para verlos, sino también de los del abuelo, por una simple cuestión de comodidad. Pero las hojas, no estaban allí.
Proseguí entonces mi búsqueda en el cuarto contiguo, que es la cocina. En esa cocina se gestaron y se hablaron los temas más importantes de la familia sin lugar a dudas, y surgen de allí los mejores recuerdos. Desde las albóndigas con salsa hasta la cura de aquella herida en la frente, por no poder mantener el equilibrio en el patio, pasando por las “sopazas” que con café con leche y pan se armaban a cada tarde. Me fijé en la mesa principal y no tuve éxito; sólo estaban allí las llaves de toda la casa guardadas, como siempre, en una pequeña bandeja de plástico; también estaba el anotador y una lapicera, pero no los papeles que yo buscaba. El próximo paso era el cuarto de planchado, que tiene una mesa, donde se suelen apoyar varias cosas; era probable que estuviese allí, en ese mismo cuarto donde él siempre se burlaba del desfile y exhibición de calzados de su hijo (no había menos de una docena de pares) y donde guardaba la mayoría de la medicación de los dos. Entre otras varias cosas, no estaba la documentación
Amplia, gigante, enorme, cada vez más grande se ve la casa. Sólo una luz direccionada estratégicamente al centro de un cuadro (imitación de un original) corta la densidad de la escasa iluminación provista por los últimos rayos de sol de la jornada. Pareciera que, a medida que uno se va alejando de esa sala central, se fueran prendiendo solas las luces, o que simplemente, la vida vuelve a la acción.
Los huecos de esos sillones permanecerán intactos mientras nosotros así lo deseemos, porque esos eran “los lugares”; reductos de tardes y tardes de compartir meriendas, charlas y sufrimientos. El olor se puede sentir a la distancia, a pesar de que no se pueda sentir en el lugar. Las acciones se pueden predecir con marcada anterioridad. La realidad es bastante monótona, y esa casa, es completa y absolutamente real.
Ella es dulce y severa, exigente y débil, considerada y ácida. Mantiene sus costumbres y su acento, pero cambia y potencia mañas y malas costumbres. Sin embargo, prefiere irse, por segunda vez, de lo que es su lugar, junto a los suyos.
Él es verborrágico y sentimental, tozudo y conciliador, poco formado y muy cultivado, fuerte en sus principios y muy “argentinizado”. No puede vivir sin ella; pelea, insulta, trabaja, atiende, etc., pero no puede estar sin su compañera. Cuando deja de encontrar sentido a estar aquí, termina eligiendo ir con ella.
Ese día que fui a buscar unos papeles ya no estaban. Era un día soleado, como esos de verano en los cuales pasaba todo el día en la casa y juntos nos quejábamos con el “qué calor” característico de la abuela. Fui a agarrar lo que necesitaba; supuestamente estaba arriba de la mesa del living, sin embargo, no era así. Me fijé por las dudas en la mesa ratona, la que nucleaba a los mencionados sillones con sus respectivos huecos, para corroborar que no haya entendido mal. Los papeles, seguían sin aparecer. Esa mesita fue sostén de no sólo de mis cansados pies luego de venir pedaleando en bicicleta para verlos, sino también de los del abuelo, por una simple cuestión de comodidad. Pero las hojas, no estaban allí.
Proseguí entonces mi búsqueda en el cuarto contiguo, que es la cocina. En esa cocina se gestaron y se hablaron los temas más importantes de la familia sin lugar a dudas, y surgen de allí los mejores recuerdos. Desde las albóndigas con salsa hasta la cura de aquella herida en la frente, por no poder mantener el equilibrio en el patio, pasando por las “sopazas” que con café con leche y pan se armaban a cada tarde. Me fijé en la mesa principal y no tuve éxito; sólo estaban allí las llaves de toda la casa guardadas, como siempre, en una pequeña bandeja de plástico; también estaba el anotador y una lapicera, pero no los papeles que yo buscaba. El próximo paso era el cuarto de planchado, que tiene una mesa, donde se suelen apoyar varias cosas; era probable que estuviese allí, en ese mismo cuarto donde él siempre se burlaba del desfile y exhibición de calzados de su hijo (no había menos de una docena de pares) y donde guardaba la mayoría de la medicación de los dos. Entre otras varias cosas, no estaba la documentación
Notas de lector - Cuentos de Rodolfo Walsh
“Nota al pie”- Rodolfo Walsh
En esta producción se da un interesantísimo trabajo y provoca una profunda reflexión (sobre todo en nuestro papel adoptado en la materia) sobre este recurso que muchas veces es inclusive pasado por alto o desvalorizado, siendo que constituye una herramienta excepcional para el escritor.
Se puede hablar en este caso de un diálogo entre el cuerpo del texto y las notas al pie como el tema central tanto para la historia como para el escrito en sí, y de la constante relación que entre uno y otro existe, a modo de complementarse, o por qué no, aclarar los tantos.
Esto se puede expresar entendiéndolo al texto a nivel estructural, mientras que en cuanto al argumento en sí, también está presente y muy fuertemente la noción de la nota al pie pero mayormente en un marco epistolar, debido a los intercambios protagonizados por el personaje principal.
“Fotos”- Rodolfo Walsh
Lo más llamativo de esta producción del desaparecido escritor es la estructura que maneja. Es decir, no es un relato lineal, unívoco y claro, sino que se va manejando con una especie de “apartados”, separados simplemente por una numeración cronológica, que de alguna forma pretende darle orden a algo que en esencia es desordenado. Las historias comienzan en un punto, se suspenden, y quizás vuelven a ser retomadas más adelante, en lo que en primera instancia parece una distribución caprichosa, pero que sobre el final va a adquiriendo más sentido. Muchos fragmentos no guardan absolutamente ninguna relación con el anterior, más aún, tal vez carecen de sentido.
Existe un trabajo marcado con lo que es la idea de transmitir la oralidad en su estado puro; de allí que podemos encontrar palabras en lunfardo, o expresiones características del campo, o tal vez términos regionales. Sin embargo, también podemos ver pasajes con frases sin sentido alguno, o hasta una especie de anotaciones de cómo se está construyendo una prosa, marcando la rima, o separando en sílabas, cuestiones inéditas para un texto de estas características.
Estas facultades que tiene esta narración, hacen honor o dan sentido a su título (Fotos), ya que justamente significan eso; imágenes, detenidas en el tiempo, de cierto espacio con sus integrantes interactuando. Es un tanto difícil transformar esas “fotos” luego en un video, pero esa es justamente la esencia del texto.
“Esa mujer”-Rodolfo Walsh
Al efectuar la lectura de esta narración realmente puedo confesar que sentí escalofríos. No sólo por los hechos descriptos, y los detalles contados, sino por el aterrador pensamiento constante de que esos hechos, y esos protagonistas (más allá de los pseudónimos utilizados, y las identidades encubiertas) fueron reales en la etapa más oscura de la historia de nuestra querida Argentina. Es imposible abstraerse de eso mientras uno recorre línea tras línea, llegando a exacerbarse con las declaraciones del “coronel”.
Los métodos descriptivos utilizados son realmente muy eficaces, y la imagen que uno puede hacerse de los personajes (sobre todo el principal, quien confiesa los hechos) es muy gráfica y notoria, y puede uno sentirse en ese cuarto, el cual probablemente se nos volvería más chico a cada segundo.
Está narrado en primera persona, sobre entendiéndose que ese periodista, simulando estar alineado detrás de los mismos pensamientos, es el mismísimo Rodolfo Walsh. Allí también es lógico pensar en la situación e intentar resolver como abstenerse de atacar deliberadamente a semejante partícipe de un genocidio, quien ahora muestra su falso “arrepentimiento” o tergiversado papel en las hechos.
Me es, incluso, muy difícil analizar más profundamente el relato debido al tema, y a la veracidad del mismo, sin poder sacarme de la cabeza que como esa chica, a la cual profanaron su cadáver luego de ser asesinada, le cortaron un dedo para poder salvaguardar sus situaciones legales, lo cual da la dimensión real del destino y las realidades vividas por treinta mil argentinos hace tres décadas, en, insisto, la etapa más oscura de nuestro país, y la que más vergüenza me da.
“Los oficios terrestres”- Rodolfo Walsh
En esta historia se recrea muy efectivamente el ambiente de un internado en el interior del país, de carácter muy religioso y riguroso, muy emparentado con un lugar similar en el que Walsh estuvo de chico, manejado por colonias irlandesas (nacionalidad de la cual él desciende).
Los personajes son muy disímiles y hasta por momentos caricaturescos, pero siempre muy bien descriptos; uno puede ver la cara regordeta de Dashwood sin ningún inconveniente, por ese mismo énfasis descriptivo. La figura del “Gato” también es muy significativa y diferenciable, como una especie de reo adaptado a las circunstancias, un mercenario “sobreviviente”.
La mayor parte del relato se centra en la tarea encomendada que consistía en trasladar un cajón de basura, y todo el traumático recorrido y las peripecias pertinentes. Sin embargo, eso sólo termina siendo un medio para un fin. Luego de superar todos los contratiempos, cruzar pastizales, malezas, campos sembrados y espesas nieblas (y haberse enfrentado hasta los golpes con su compañero de tarea), el pequeño protagonista, sin mirar atrás siquiera un segundo, abandona el lugar con rumbo incierto y recorrido desconocido. Escapándose no sólo del internado, sino también de la ausencia de su madre.
En la narración la descripción es muy preciso e ilustrativa; las imágenes no sólo de los personajes, sino también del ambiente y los paisajes son fáciles de imaginarse debido al buen manejo entre los paneos generales y las detalladas precisiones de ciertos detalles.
Es difícil imaginarse el final, pero una vez leído, uno lo puede comprender y encontrarle sentido sin lugar a duda a la decisión del protagonista.
En esta producción se da un interesantísimo trabajo y provoca una profunda reflexión (sobre todo en nuestro papel adoptado en la materia) sobre este recurso que muchas veces es inclusive pasado por alto o desvalorizado, siendo que constituye una herramienta excepcional para el escritor.
Se puede hablar en este caso de un diálogo entre el cuerpo del texto y las notas al pie como el tema central tanto para la historia como para el escrito en sí, y de la constante relación que entre uno y otro existe, a modo de complementarse, o por qué no, aclarar los tantos.
Esto se puede expresar entendiéndolo al texto a nivel estructural, mientras que en cuanto al argumento en sí, también está presente y muy fuertemente la noción de la nota al pie pero mayormente en un marco epistolar, debido a los intercambios protagonizados por el personaje principal.
“Fotos”- Rodolfo Walsh
Lo más llamativo de esta producción del desaparecido escritor es la estructura que maneja. Es decir, no es un relato lineal, unívoco y claro, sino que se va manejando con una especie de “apartados”, separados simplemente por una numeración cronológica, que de alguna forma pretende darle orden a algo que en esencia es desordenado. Las historias comienzan en un punto, se suspenden, y quizás vuelven a ser retomadas más adelante, en lo que en primera instancia parece una distribución caprichosa, pero que sobre el final va a adquiriendo más sentido. Muchos fragmentos no guardan absolutamente ninguna relación con el anterior, más aún, tal vez carecen de sentido.
Existe un trabajo marcado con lo que es la idea de transmitir la oralidad en su estado puro; de allí que podemos encontrar palabras en lunfardo, o expresiones características del campo, o tal vez términos regionales. Sin embargo, también podemos ver pasajes con frases sin sentido alguno, o hasta una especie de anotaciones de cómo se está construyendo una prosa, marcando la rima, o separando en sílabas, cuestiones inéditas para un texto de estas características.
Estas facultades que tiene esta narración, hacen honor o dan sentido a su título (Fotos), ya que justamente significan eso; imágenes, detenidas en el tiempo, de cierto espacio con sus integrantes interactuando. Es un tanto difícil transformar esas “fotos” luego en un video, pero esa es justamente la esencia del texto.
“Esa mujer”-Rodolfo Walsh
Al efectuar la lectura de esta narración realmente puedo confesar que sentí escalofríos. No sólo por los hechos descriptos, y los detalles contados, sino por el aterrador pensamiento constante de que esos hechos, y esos protagonistas (más allá de los pseudónimos utilizados, y las identidades encubiertas) fueron reales en la etapa más oscura de la historia de nuestra querida Argentina. Es imposible abstraerse de eso mientras uno recorre línea tras línea, llegando a exacerbarse con las declaraciones del “coronel”.
Los métodos descriptivos utilizados son realmente muy eficaces, y la imagen que uno puede hacerse de los personajes (sobre todo el principal, quien confiesa los hechos) es muy gráfica y notoria, y puede uno sentirse en ese cuarto, el cual probablemente se nos volvería más chico a cada segundo.
Está narrado en primera persona, sobre entendiéndose que ese periodista, simulando estar alineado detrás de los mismos pensamientos, es el mismísimo Rodolfo Walsh. Allí también es lógico pensar en la situación e intentar resolver como abstenerse de atacar deliberadamente a semejante partícipe de un genocidio, quien ahora muestra su falso “arrepentimiento” o tergiversado papel en las hechos.
Me es, incluso, muy difícil analizar más profundamente el relato debido al tema, y a la veracidad del mismo, sin poder sacarme de la cabeza que como esa chica, a la cual profanaron su cadáver luego de ser asesinada, le cortaron un dedo para poder salvaguardar sus situaciones legales, lo cual da la dimensión real del destino y las realidades vividas por treinta mil argentinos hace tres décadas, en, insisto, la etapa más oscura de nuestro país, y la que más vergüenza me da.
“Los oficios terrestres”- Rodolfo Walsh
En esta historia se recrea muy efectivamente el ambiente de un internado en el interior del país, de carácter muy religioso y riguroso, muy emparentado con un lugar similar en el que Walsh estuvo de chico, manejado por colonias irlandesas (nacionalidad de la cual él desciende).
Los personajes son muy disímiles y hasta por momentos caricaturescos, pero siempre muy bien descriptos; uno puede ver la cara regordeta de Dashwood sin ningún inconveniente, por ese mismo énfasis descriptivo. La figura del “Gato” también es muy significativa y diferenciable, como una especie de reo adaptado a las circunstancias, un mercenario “sobreviviente”.
La mayor parte del relato se centra en la tarea encomendada que consistía en trasladar un cajón de basura, y todo el traumático recorrido y las peripecias pertinentes. Sin embargo, eso sólo termina siendo un medio para un fin. Luego de superar todos los contratiempos, cruzar pastizales, malezas, campos sembrados y espesas nieblas (y haberse enfrentado hasta los golpes con su compañero de tarea), el pequeño protagonista, sin mirar atrás siquiera un segundo, abandona el lugar con rumbo incierto y recorrido desconocido. Escapándose no sólo del internado, sino también de la ausencia de su madre.
En la narración la descripción es muy preciso e ilustrativa; las imágenes no sólo de los personajes, sino también del ambiente y los paisajes son fáciles de imaginarse debido al buen manejo entre los paneos generales y las detalladas precisiones de ciertos detalles.
Es difícil imaginarse el final, pero una vez leído, uno lo puede comprender y encontrarle sentido sin lugar a duda a la decisión del protagonista.
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